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El origen de la vida, como no lo conocemos, empezó con el amor entre un árbol y una serpiente. Desde aquellos tiempos, cuyas fechas no sabemos adivinar, un solitario hijo de la tierra adornaba las desiertas planicies de la existencia. Condenado a la majestuosidad propia de las coníferas, sus ramas rasgaban el terciopelo del atardecer, y con la llegada de la brisa otoñal, sus hojas decoraban cual alfombra todo a su alrededor. Debajo de la trepidante superficie, de aquella que lo vio nacer, sus raíces se esparcían, acechando, demoliendo las capas de tierra, creciendo como lo hicieran los hijos bastardos del exterior. Sabiéndose responsables de la vida de la rama al otro lado del espejo que la superficie supone. La vida de la muerte se esconde 3 metros bajo tierra. Y ahí sucedió. De los escombros de la tierra, de la oscuridad de lo desconocido, una serpiente encontró la muerte del árbol, sus raíces que eran vida pero muerte simultánea, los hijos sacrificados para honrar a la madre vida. Conocedora del mundo subterráneo, encontró placer en lo austero, en lo utilitario de la raíz; tan solo un preludio al mar de sentimientos que terminaría por determinar su propia existencia. Como lo haría su último heredero, el hombre años después, la serpiente buscó encontrarse al otro lado del espejo. Con la fuerza que los años subterráneos le otorgó, se abrió camino entre la tierra para abrazar los rayos del atardecer y terminar por amar la vida y la muerte del solitario árbol, aquel cuyo único propósito era ver pasar las estaciones y esperar que una existencia completara la suya. Son ese árbol y esa serpiente, amantes del atardecer, conscientes de la dualidad de la vida, que no hay muerte sin vida y no hay uno sin la otra, los que darían origen a todo aquello que hoy conocemos y desconocemos. Sin embargo, son también culpables de nuestros anhelos y aspiraciones que vemos frustrados con la cotidianidad, con las prisiones y los miedos. Son el ejemplo perfecto de comunión y libertad tras romper ese espejo que refleja la vista hacia nosotros, impidiendo ver lo que hay detrás, aquel espejo que se ha convertido en nuestra propia condena. Son así, aquello que nunca podremos ser. Árbol y serpiente, enigmática pareja, cuya historia parece determinar la conciencia de los existencialistas más acérrimos. De un Camus que vertió sus propios conflictos personales y de su hartazgo colectivo y sinsentido cotidiano en ‘El Extranjero’. Un libro que no habla de Meursault, de su madre o de los árabes. Un título que habla de ser humano, de aquello que nos refleja el espejo; de nosotros mismos. De lo que creemos querer ver y de aquello que más nos aterra.
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